sábado, 23 de julio de 2016

Recónditos temores

El reloj susurraba palabras de amor (o de terror, a veces son el mismo sentimiento). Mi verdugo, mientras afilaba la mirada, hacía un sonido extraño con la lengua; me recordaba que me quedaba poco tiempo. Discutía con alguien, le decía extrañas palabras en alemán, es muss sein, que me recordaron a una obra de Beethoven que mi hacha reproducía en su antigua gramola. Había dado clases de alemán, pero en la cárcel de idiomas jamás me enseñaron qué significa es muss sein, pero sonaba mal, muy mal, o quizá era el propio idioma; el alemán da terror (o amor, no lo sé). Un grifo asesinaba gota a gota el tiempo que por mi celda trascurría, y yo intentaba recordar el significado de la dichosa frase. Quizá el destino evitaría que me acordara de la frase. Quizá debía acordarme para salvarme, pero el destino no lo quiso así. "Tiene que ser así", me decía a mí mismo. El verdugo parecía haber acabado con la mirada, y el grifo dejaba de asesinarme. "¡Tiene que ser así!", grité asustado.
El verdugo jamás me mató.

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